Tocar el fuego


Una niñita y un palillo encendido me 
enseñaron una importante lección.

U
n pequeño fuego arde en la calle sucia. Las delgadas llamas danzan suavemente, y sus dejos incandescentes encienden brillantes ascuas en la pila de desperdicios. Es un fuego inofensivo; en realidad, un ritual que se repite diariamente para quemar la basura acumulada durante el día. Cada noche, en la ciudad se encienden miles de fuegos como este.

Una niñita de no más de 2 años juega tranquila en la calle, fascinada por los colores y el movimiento del fuego. Se entretiene junto a las llamas, y toma un largo palito de madera. Su cabello desordenado le cae sobre el rostro mientras observa concentrada. Lentamente, la pequeñita sacude el palillo encendido hasta que la punta se vuelve naranja, y entonces la aproxima para examinarla de cerca. Mientras lo hace, la madre la observa desde su mesa de vendedora ambulante.

“Hija –dice con un tono de advertencia–. No toques el fuego. Te vas a quemar”.
Al escuchar la voz, la niña mira primero a su madre y luego al palillo, que aún desprende brillos intrigantes. Es obvio: la prohibición ha transformado la inocencia en propósito. Ya no le alcanza con mirar. Ahora tiene que tocar el ascua prohibida.

Desafío y culpa

Una batalla ruge en la mente de la niña mientras piensa en las posibles consecuencias de la desobediencia. Pero una vez que se decide, mueve la manita hacia el punto incandescente. Mira fijamente, sabiendo que está haciendo mal. Se da vuelta por un instante para mirar furtivamente a su madre. Entonces toca la brasa.

Los ojos se agrandan. La boca se abre. Retrae la mano instantáneamente por el dolor. Todo su cuerpito reacciona al momento que el fuego causa estragos en su carne tierna. Con lágrimas en los ojos, observa su dedo lastimado. Un instante después, comienza a evaluar la causa de su dolor: el palillo encendido.
Se lleva a cabo el juicio. Se identifica al acusado. Pasando despreocupadamente por alto su flagrante desobediencia, un objeto inanimado, el palo, es declarado culpable. Con la misma respuesta que la humanidad ha usado durante siglos para excusar sus propios errores, la niñita sonríe vengativamente.

Se olvida de la quemadura y se concentra en impartir una mal retribuida justicia. Toma el palillo entre sus manitas y destruye la punta encendida contra el suelo con toda la fuerza de su cuerpito. Repite el proceso hasta destrozarle la punta.

Después de una breve pausa, lo lleva nuevamente al fuego, lo enciende y lo vuelve a golpear en la tierra. Lo hace una y otra vez.

Así comenzó todo

Tomo asiento en un banco desvencijado mientras espero para ver qué pasa. Soy la única observadora. Cuán flagrante es su desafío de hacer exactamente lo opuesto de lo que se le dijo, ¡y en perjuicio propio! La fugaz inocencia trocada intencionalmente por el conocimiento prometido de experimentar la realidad del bien y del mal. Se le dio la advertencia. Sabía lo que era correcto, pero usó la capacidad racional de su pequeña mente para escoger, y escogió desobedecer. En realidad no tiene sentido. Pero esto no es todo.

La niña recibió las consecuencias de su elección, pero se rehusó a aceptarlas. Automáticamente se sintió culpable, pero transfirió su culpa a un tercero inocente. Castigó a otro por su pecado. Era la repetición del paradigma 
clásico del comienzo del pecado en 
este planeta.

Me levanto, y comienzo a dirigirme a casa, mientras repaso mentalmente las acciones de la niñita. Me asombra qué similar fue este incidente con la primera experiencia de Adán y Eva en el jardín. En ambos casos habían sido inocentes. Ambos fueron advertidos por el ser que los amaba, con el solo propósito de evitarles el dolor y el sufrimiento. Ambos tomaron la decisión deliberada de desobedecer esas instrucciones. Ambos se rehusaron a aceptar su responsabilidad por las consecuencias y decidieron culpar a otro. ¡Cuánto hemos caído como raza pecaminosa, con tendencias hacia el mal que nos asedian desde el nacimiento!

La experiencia de todos

El ver a la inocente niña inmersa en la mancha sangrante del pecado me recuerda al instante mi propia vida, sucia y opacada por los pecados acumulados. Ya no me sorprende como a la niña. El pecado no es nuevo para mí; es más bien una rutina. Lo he llegado a aceptar y aun a esperar. Me doy cuenta de la trampa en que ha caído la humanidad, y de nuestra desesperante necesidad espiritual. Aun la inocencia infantil ha sido contaminada. Nuestra humanidad no esconde ninguna cosa buena. Necesitamos desesperadamente un renacimiento espiritual. Siempre lo he sabido, pero ahora le encuentro mayor sentido.

“Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor para con la humanidad, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación del Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo, nuestro Salvador” (Tito 3:4-6). “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas” (2 Cor. 5:17).

¿Cuán a menudo me comporto como la niñita de la historia? El Señor establece pautas para protegerme y cuidarme. Él sabe lo que sucederá si desobedezco y quiere evitarme el dolor. Me da suficientes advertencias. Me habla con claridad. Sé lo que es correcto. Lo entiendo, y no quiero sufrir. En realidad es muy simple. ¿Por qué sigo entonces escogiendo tocar el fuego?

Una niñita y un palillo encendido hoy me abrieron los ojos y me enseñaron una valiosa lección. Es tiempo de cambiar el patrón de quemarse los dedos y recibir una paliza. Es tiempo de enterrar la perversión de nuestra supuesta inocencia original para nacer realmente de nuevo. Nacer de nuevo por sus méritos y en su perfección..


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