Metáforas de la amistad


Reflexiones acerca del apoyo que podemos dar a nuestros compañeros de peregrinaje cristiano.

E
xiste un río que abunda en recursos divinos. De él obtenemos los atributos y “suministros” básicos para nuestra travesía cristiana: amor, valor, sabiduría, conocimiento. Pero no importa qué medida de estas gracias nos sean otorgadas al caminar con Dios, el Señor también ha dispuesto que podamos adquirirlas por medio de la amistad con nuestros compañeros de ruta.

En efecto, tales elementos (amor, valor, sabiduría, conocimiento y otros similares) definen a la comunidad de la fe, una comunidad que enriquece nuestra propia fe. Por medio de sus miembros, la iglesia debería servir como el brazo divino sobre los hombros de los agobiados y cargados; debería brindar consuelo, compañía y amistad. Los estudios muestran que a menos que un nuevo converso se haga de cinco a siete amigos en la iglesia, es probable que no dure más de uno o dos años en ella.


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Animemos a los demás

Necesitamos amigos

Las iglesias antipáticas son como el clima invernal, pero los verdaderos amigos son como estrellas en la noche, que brillan sobre la desolación y el frío. Son también similares a árboles de hojas perennes que emergen como centinelas en medio de las tormentas de nieve. En el paisaje desolado, esos árboles se asemejan a los amigos que permanecen fieles en las tormentas que azotan nuestra vida, como gélidos vientos invernales. Al permanecer a nuestro lado en medio de las pruebas y tribulaciones, tales amigos son verdaderos dones de Dios.

Jamás entendí la importancia de este hecho cuando los tiempos eran buenos. Solo cuando mi vida sufrió la inclemencia del invierno, experimenté la bendición (y el milagro) de la amistad y comunidad cristianas. Fue entonces que pude recurrir a un recurso que Dios había provisto mucho antes de que sintiera la necesidad.

Se me ocurre aún otra metáfora: No hay sol sin sombra. Cuando la noche oscura desciende sobre el alma y nos vemos sepultados bajo montañas de problemas, podemos tomar la decisión de cavar una cueva o un túnel. En una cueva, nos sentimos perdidos y andamos a tientas. Pero si cavamos un túnel, tenemos la esperanza de alcanzar un final feliz.

Toda aflicción nos proporciona una ventana de oportunidades. Y fue en uno de esos oscuros momentos que la Providencia utilizó la amistad humana para ayudarme a seguir cavando hasta alcanzar un final feliz.

Una fuerza elevadora

Se me ocurren otras metáforas: Los verdaderos amigos son como ángeles que nos elevan cuando hemos olvidado cómo volar. Los verdaderos amigos son como la aparición de la luna cuando la marea de la vida está en su punto más bajo y los cangrejos juguetean en al fango. La luna hace que las aguas regresen a llenar una vez más las costas. La luna crece y mengua, recordándonos de esa forma que al igual que la naturaleza, el corazón tiene sus estaciones. Y al brillar con la luz prestada del sol, la luna nos recuerda que los gozos de la amistad brillan más fuertes cuando enfrentan al Sol de Justicia.

Gracias a la presencia de Dios, la iglesia fluye como un río: el río de la gracia. Aun así, todo cobra verdadero significado únicamente cuando esa gracia se hace manifiesta en amistades cálidas y positivas; cuando mediante feligreses solidarios la iglesia rodea con su brazo a los exhaustos y atribulados; cuando al igual que los árboles de hojas perennes, ilumina el invierno de los demás; cuando de manera similar a la atracción de la luna, levanta las cargas de las almas agobiadas y solitarias.


Animemos a los demás

Palabras inspiradas sobre el aliento y la solidaridad cristiana
En la iglesia:
“Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gál. 6:2).
“Los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles… ” (Rom. 15:1).
“En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos… Hijitos míos, no hablemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:16-18).

En la iglesia y la sociedad:
“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros” (Juan 13:35).
“Si nos humilláramos delante de Dios, si fuéramos bondadosos, corteses, compasivos y piadosos, habría cien conversiones a la verdad donde ahora hay una sola”. (Elena White, Testimonios para la iglesia, vol. 9, p. 152).
“Por medio de las relaciones sociales el cristianismo se revela al mundo. Todo hombre y mujer que ha recibido la divina iluminación debe arrojar luz sobre el tenebroso sendero de aquellos que no conocen el mejor camino”. (Ministerio de Curación, p. 396).

En el hogar:
“Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten” (Col. 3:21).
“La atmósfera que rodea las almas de padres y madres llena toda la casa, y se siente en todo departamento del hogar […] Impregnad la atmósfera de vuestro hogar con la fragancia de un espíritu tierno y servicial” (El hogar adventista, p. 12).
“Aunque se susciten dificultades, congojas y desalientos, no abriguen jamás ni el marido ni la mujer el pensamiento de que su unión es un error o una decepción. Resuélvase cada uno de ellos a ser para el otro cuanto le sea posible […] Procure cada uno favorecer la felicidad del otro. Haya entre ellos amor mutuo y sopórtense uno a otro. Entonces el casamiento, en vez de ser la terminación del amor, será más bien su verdadero comienzo. El calor de la verdadera amistad, el amor que une un corazón al otro, es sabor anticipado de los goces del cielo” (Elena White, El ministerio de curación, p. 278, 279). .

Del egoísmo a la entrega


Una reflexión sobre la vida del apóstol Juan

J
uan era tan solo un pescador. Sin embargo, llegó a ser el autor del Apocalipsis, de un Evangelio y de tres Epístolas. Es conocido como “el discípulo amado”.

Aparece por primera vez en Mateo 4:21, cuando Jesús lo llamó junto a su hermano Santiago mientras ayudaban a su padre con las redes de pesca a la orilla del lago. Ambos hermanos dejaron a su padre prestamente y siguieron a Jesús.

¿Vemos aquí algo anormal, inusual y un tanto irresponsable? En términos humanos, eso parece. ¿Pero qué se esconde tras esta aparente anormalidad?



La influencia del hogar

Juan y su hermano venían de una familia orientada al servicio, que colocó la misión de Jesús y las cosas de Dios antes de su bienestar personal. En Marcos 15:40 y 41 leemos de ciertas mujeres que observaron la crucifixión de Jesús; entre ellas se encontraba Salomé. Según el Comentario Bíblico Adventista, esta mujer (que siguió y sirvió a Jesús) era la madre de Santiago y Juan (vol. 5, p. 642).

En ese caso ella tiene que haber sido un modelo para sus hijos en el servicio a Jesús, preparándolos desde la niñez para seguir los caminos del Señor. Por cierto, su padre (con quien trabajaban) también jugó un papel significativo en la crianza de sus hijos en el temor y disciplina del Señor. Por ello Jesús los encontró ayudando a su padre en el trabajo. Zebedeo tampoco objetó la decisión de ellos de seguir al Maestro Jesús y dejar atrás el trabajo. Toda la familia habrá estado esperando al Mesías, a ese Libertador, si bien no pensaban en alguien que sería crucificado.

La influencia de los padres temerosos de Dios (especialmente de la madre) en los primeros años de vida de los hijos es de vital importancia y tiene efectos de largo alcance, según vemos en la vida de Santiago y Juan. Como padres deberíamos considerar cuidadosamente la influencia que ejercemos sobre nuestros hijos. Deberíamos preocuparnos por sus intereses temporales y eternos.


Juan siguió a Jesús al instante. Pero esto no quiere
decir que era puro, santo y que estaba libre de las influencias mundanales. Era como nosotros: orgulloso, confiado y ambicionaba la honra. Era impetuoso y rencoroso; era conocido como “hijo del trueno”. Elena White observa que Santiago y Juan recibieron ese título debido a sus temperamentos.

Dos incidentes revelan la naturaleza de Juan

1.
Represalias y venganza

Cuando los samaritanos no recibieron ni respetaron a Jesús como Santiago y Juan esperaban, le dijeron al Maestro: “Que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma” (Luc. 9:54).

¡Con qué rapidez, ante la menor provocación, afloró en ellos el sentimiento de enemistad! ¿Habríamos actuado nosotros de manera diferente? Al saber que Jesús tenía poder para hacerlo, ¿habríamos pensado también en destruir a los que lo deshonraron? La tendencia a tomar represalia y vengarnos de los que nos hieren describe nuestra naturaleza y la de Juan a la perfección. No era diferente de nosotros.


La respuesta de Jesús se produjo en forma de reproche: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Luc. 9:55, 56). Avergonzados, comenzaron a ver la imagen real de Jesús y su misión. Él tocó sus corazones y la conducta de ellos comenzó a cambiar. Al mirar a Jesús –su Maestro– comenzaron a crecer espiritualmente en cada experiencia y reconocieron sus faltas personales.


2. Amor egoísta y orgullo

Santiago y Juan enviaron a su madre para que pidiera a Jesús que los colocara en lugares de honor en su reino. Al igual que muchos de nosotros, estos jóvenes egoístas y ambiciosos deseaban el lugar más elevado. Jesús no los condenó por su ambición, pero usó la oportunidad para enseñarles una lección sobre el liderazgo del siervo: “El que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido sino para servir y para dar su vida en rescate por todos” (Mat. 20:27, 28).

La lección de servicio abnegado de Jesús penetró en sus corazones y los acompañó para siempre, aun ante los peligros y persecuciones.
Una vida transformada

“El discípulo amado” estaba lleno de amor egoísta, mal carácter, deseo de venganza y espíritu de crítica. Sin embargo, Jesús, que ve el interior, reconoció bajo esas debilidades un corazón ardiente, humilde, dispuesto a aprender y amar. Cuando Jesús reprendió el egoísmo, frustró las ambiciones y probó la fe de Juan; esas lecciones llegaron a su corazón de manera que comprendió su desgracia. Es así que se humilló para que el Espíritu Santo lo utilizara, y eso transformó su vida por completo. Por más defectuoso que sea el carácter, todos los que se humillan ante el poder del Espíritu Santo serán transformados por la gracia divina en testigos eficaces para Cristo.

Durante los tres años y medio que vivió como testigo del amor transformador de Jesús, Juan aprendió lecciones de amor verdadero y fue santificado diariamente por el poder de Dios. “A medida que se le manifestaba el carácter del divino Maestro, Juan veía sus propias deficiencias, y esta revelación lo hizo humilde. Día tras día, en contraste con su propio espíritu violento, era testigo de la ternura y la longanimidad de Jesús, y escuchaba sus lecciones de humildad y paciencia. Día tras día su corazón se allegaba a Cristo, hasta que perdió de vista el yo por amor a su Maestro […]. Sometió su carácter resentido y ambicioso al poder modelador de Cristo, y el amor divino transformó su personalidad” (Elena White, Los hechos de los apóstoles, ACES 1977, p. 460). Un pescador común llegó a ser un testigo poderoso del Señor del cielo.

Juan aprendió a valorar la mansedumbre, humildad y amor de Cristo, y en ellos reconoció elementos esenciales para crecer en la gracia y prepararse para la obra a la que había sido llamado. Su afecto por el Maestro creció día a día y, eventualmente, su vida llegó a ser la vida de Cristo. El yo quedó escondido en Cristo y, aunque Jesús amaba a todos los discípulos, Juan parece haber sido el más amado (véase Juan 19:26 p.p.) y en el momento de la crucifixión, Jesús le confió el cuidado de su madre (Juan 19:26 u.p.).

“Después de la ascensión de Cristo, Juan se destacó como fiel y ardoroso obrero del Maestro […]. La vida del apóstol concordaba con lo que enseñaba. El amor de Cristo […] lo indujo a realizar una fervorosa e incansable labor en favor de sus semejantes”. Y “al comprender Juan que el amor fraternal se iba desvaneciendo en la iglesia”, se esforzó “por convencer a los creyentes de la permanente necesidad de ese amor” (Los hechos de los apóstoles, ACES, 1977, pp. 451, 452).

Nuestras vidas también cambiarán cuando aprendamos de qué manera este humilde siervo del Señor, después de experimentar los amantes reproches de Jesús, fue transformado en un poderoso testigo para el reino de Dios. Somos los mensajeros de amor que tienen que guiar a otros hacia el reino de Dios en estos últimos días.

¿Qué clase de testimonio estamos dando por medio de nuestras vidas?