Ross Chadwick
Existe un río que abunda en recursos divinos. De él obtenemos los atributos y “suministros” básicos para nuestra travesía cristiana: amor, valor, sabiduría, conocimiento. Pero no importa qué medida de estas gracias nos sean otorgadas al caminar con Dios, el Señor también ha dispuesto que podamos adquirirlas por medio de la amistad con nuestros compañeros de ruta.
En efecto, tales elementos (amor, valor, sabiduría, conocimiento y otros similares) definen a la comunidad de la fe, una comunidad que enriquece nuestra propia fe. Por medio de sus miembros, la iglesia debería servir como el brazo divino sobre los hombros de los agobiados y cargados; debería brindar consuelo, compañía y amistad. Los estudios muestran que a menos que un nuevo converso se haga de cinco a siete amigos en la iglesia, es probable que no dure más de uno o dos años en ella.
Jamás entendí la importancia de este hecho cuando los tiempos eran buenos. Solo cuando mi vida sufrió la inclemencia del invierno, experimenté la bendición (y el milagro) de la amistad y comunidad cristianas. Fue entonces que pude recurrir a un recurso que Dios había provisto mucho antes de que sintiera la necesidad.
Se me ocurre aún otra metáfora: No hay sol sin sombra. Cuando la noche oscura desciende sobre el alma y nos vemos sepultados bajo montañas de problemas, podemos tomar la decisión de cavar una cueva o un túnel. En una cueva, nos sentimos perdidos y andamos a tientas. Pero si cavamos un túnel, tenemos la esperanza de alcanzar un final feliz.
Toda aflicción nos proporciona una ventana de oportunidades. Y fue en uno de esos oscuros momentos que la Providencia utilizó la amistad humana para ayudarme a seguir cavando hasta alcanzar un final feliz.
Gracias a la presencia de Dios, la iglesia fluye como un río: el río de la gracia. Aun así, todo cobra verdadero significado únicamente cuando esa gracia se hace manifiesta en amistades cálidas y positivas; cuando mediante feligreses solidarios la iglesia rodea con su brazo a los exhaustos y atribulados; cuando al igual que los árboles de hojas perennes, ilumina el invierno de los demás; cuando de manera similar a la atracción de la luna, levanta las cargas de las almas agobiadas y solitarias.
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