Ramani Kurian
Juan era tan solo un pescador. Sin embargo, llegó a ser el autor del Apocalipsis, de un Evangelio y de tres Epístolas. Es conocido como “el discípulo amado”.
Aparece por primera vez en Mateo 4:21, cuando Jesús lo llamó junto a su hermano Santiago mientras ayudaban a su padre con las redes de pesca a la orilla del lago. Ambos hermanos dejaron a su padre prestamente y siguieron a Jesús.
¿Vemos aquí algo anormal, inusual y un tanto irresponsable? En términos humanos, eso parece. ¿Pero qué se esconde tras esta aparente anormalidad?
En ese caso ella tiene que haber sido un modelo para sus hijos en el servicio a Jesús, preparándolos desde la niñez para seguir los caminos del Señor. Por cierto, su padre (con quien trabajaban) también jugó un papel significativo en la crianza de sus hijos en el temor y disciplina del Señor. Por ello Jesús los encontró ayudando a su padre en el trabajo. Zebedeo tampoco objetó la decisión de ellos de seguir al Maestro Jesús y dejar atrás el trabajo. Toda la familia habrá estado esperando al Mesías, a ese Libertador, si bien no pensaban en alguien que sería crucificado.
La influencia de los padres temerosos de Dios (especialmente de la madre) en los primeros años de vida de los hijos es de vital importancia y tiene efectos de largo alcance, según vemos en la vida de Santiago y Juan. Como padres deberíamos considerar cuidadosamente la influencia que ejercemos sobre nuestros hijos. Deberíamos preocuparnos por sus intereses temporales y eternos.
Juan siguió a Jesús al instante. Pero esto no quiere decir que era puro, santo y que estaba libre de las influencias mundanales. Era como nosotros: orgulloso, confiado y ambicionaba la honra. Era impetuoso y rencoroso; era conocido como “hijo del trueno”. Elena White observa que Santiago y Juan recibieron ese título debido a sus temperamentos.
Dos incidentes revelan la naturaleza de Juan
1. Represalias y venganza
Cuando los samaritanos no recibieron ni respetaron a Jesús como Santiago y Juan esperaban, le dijeron al Maestro: “Que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma” (Luc. 9:54).
¡Con qué rapidez, ante la menor provocación, afloró en ellos el sentimiento de enemistad! ¿Habríamos actuado nosotros de manera diferente? Al saber que Jesús tenía poder para hacerlo, ¿habríamos pensado también en destruir a los que lo deshonraron? La tendencia a tomar represalia y vengarnos de los que nos hieren describe nuestra naturaleza y la de Juan a la perfección. No era diferente de nosotros.
La respuesta de Jesús se produjo en forma de reproche: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Luc. 9:55, 56). Avergonzados, comenzaron a ver la imagen real de Jesús y su misión. Él tocó sus corazones y la conducta de ellos comenzó a cambiar. Al mirar a Jesús –su Maestro– comenzaron a crecer espiritualmente en cada experiencia y reconocieron sus faltas personales.
Santiago y Juan enviaron a su madre para que pidiera a Jesús que los colocara en lugares de honor en su reino. Al igual que muchos de nosotros, estos jóvenes egoístas y ambiciosos deseaban el lugar más elevado. Jesús no los condenó por su ambición, pero usó la oportunidad para enseñarles una lección sobre el liderazgo del siervo: “El que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido sino para servir y para dar su vida en rescate por todos” (Mat. 20:27, 28).
“El discípulo amado” estaba lleno de amor egoísta, mal carácter, deseo de venganza y espíritu de crítica. Sin embargo, Jesús, que ve el interior, reconoció bajo esas debilidades un corazón ardiente, humilde, dispuesto a aprender y amar. Cuando Jesús reprendió el egoísmo, frustró las ambiciones y probó la fe de Juan; esas lecciones llegaron a su corazón de manera que comprendió su desgracia. Es así que se humilló para que el Espíritu Santo lo utilizara, y eso transformó su vida por completo. Por más defectuoso que sea el carácter, todos los que se humillan ante el poder del Espíritu Santo serán transformados por la gracia divina en testigos eficaces para Cristo.
Durante los tres años y medio que vivió como testigo del amor transformador de Jesús, Juan aprendió lecciones de amor verdadero y fue santificado diariamente por el poder de Dios. “A medida que se le manifestaba el carácter del divino Maestro, Juan veía sus propias deficiencias, y esta revelación lo hizo humilde. Día tras día, en contraste con su propio espíritu violento, era testigo de la ternura y la longanimidad de Jesús, y escuchaba sus lecciones de humildad y paciencia. Día tras día su corazón se allegaba a Cristo, hasta que perdió de vista el yo por amor a su Maestro […]. Sometió su carácter resentido y ambicioso al poder modelador de Cristo, y el amor divino transformó su personalidad” (Elena White, Los hechos de los apóstoles, ACES 1977, p. 460). Un pescador común llegó a ser un testigo poderoso del Señor del cielo.
Juan aprendió a valorar la mansedumbre, humildad y amor de Cristo, y en ellos reconoció elementos esenciales para crecer en la gracia y prepararse para la obra a la que había sido llamado. Su afecto por el Maestro creció día a día y, eventualmente, su vida llegó a ser la vida de Cristo. El yo quedó escondido en Cristo y, aunque Jesús amaba a todos los discípulos, Juan parece haber sido el más amado (véase Juan 19:26 p.p.) y en el momento de la crucifixión, Jesús le confió el cuidado de su madre (Juan 19:26 u.p.).
“Después de la ascensión de Cristo, Juan se destacó como fiel y ardoroso obrero del Maestro […]. La vida del apóstol concordaba con lo que enseñaba. El amor de Cristo […] lo indujo a realizar una fervorosa e incansable labor en favor de sus semejantes”. Y “al comprender Juan que el amor fraternal se iba desvaneciendo en la iglesia”, se esforzó “por convencer a los creyentes de la permanente necesidad de ese amor” (Los hechos de los apóstoles, ACES, 1977, pp. 451, 452).
Nuestras vidas también cambiarán cuando aprendamos de qué manera este humilde siervo del Señor, después de experimentar los amantes reproches de Jesús, fue transformado en un poderoso testigo para el reino de Dios. Somos los mensajeros de amor que tienen que guiar a otros hacia el reino de Dios en estos últimos días.
¿Qué clase de testimonio estamos dando por medio de nuestras vidas?
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