Vıene el gran día


Dios nos da esperanza en los momentos difíciles

Visité a un amigo a quien los médicos ya no podían ayudar. El cáncer lo había ido consumiendo y ahora agonizaba. Había sido un vegetariano estricto y defensor de los principios de salud, por lo que se preguntaba qué había hecho mal para merecer esa dolorosa experiencia.

Antes de esa visita habíamos hablado de la salvación y la salud. Había sido corredor en la escuela secundaria, y había seguido corriendo durante varios años. Procurando que olvidara su dolor, le hablé de esa actividad que tanto le gustaba. Me respondió: «En este momento, es en lo último que pienso».


Me sentí como los amigos de Job. El mejor momento que pasó Job con ellos fue cuando se sentaron sin decir nada durante una semana. Yo no sabía qué más decir. Mi amigo me rescató al hablar de su familia. Entonces cantamos sus himnos favoritos, leímos la Biblia y oramos para que Dios obrara un milagro.

De todas las causas de dolor humano,
la muerte parece ser la peor.

Falleció seis días después. Yo estaba de viaje, pero cuando regresé visité a su esposa para expresarle mis condolencias. Recordamos su vida, y en especial su celo por Dios. Al visitar su tumba, me dijo llorando: «¡Cómo me habría gustado que hubieras estado presente en su funeral!»
La muerte es el fin
Pude percibir su dolor mientras yo reprimía las lágrimas. Estaba enojada y desilusionada: ¿Por qué había muerto tan joven? Me hubiera gustado compartir su dolor. Tiene razón Nathan Brown cuando dice: «El dolor es la experiencia humana que más nos aísla. No importa cuánto observemos, leamos, nos riamos o simpaticemos con el dolor de los demás, el dolor mismo siempre representa una experiencia única y aislada. Simplemente no hay manera de compartir nuestro dolor, angustia o temor».*

De todas las causas de dolor humano, la muerte parece ser la peor. Las heridas pueden sanar. Las relaciones componerse, pero la muerte es el fin. Nos recuerda que la vida en esta tierra es breve e incierta. En ocasiones acusamos a Dios por la muerte, aunque sabemos que no es el responsable de nuestro dolor y angustia. Sabemos que Dios entiende nuestras angustias mejor que nosotros. Él expresa su amor por medio de Jesús, la «esperanza de gloria» (Col. 1:27).


El mayor problema es que la muerte engendra desánimo, el arma más poderosa del diablo contra la humanidad. El desánimo nos priva del gozo y la esperanza en Cristo en esta vida y de la seguridad de la vida eterna venidera. Jesús es el mayor antídoto contra el desánimo. Por lo tanto, cuando estemos desanimados, deberíamos correr a Jesús, y fijar los ojos en él, que es el «el autor y consumador de la fe» (Heb. 12:2). Dios nos ama sin medida, y por ello envió a su Hijo a morir por nosotros (Juan 3:16).


Sí, Dios nos ama y no quiere que nos suceda algo malo. «Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz y no de mal, para daros el fin que esperáis» (Jer. 29:11). ¡Cómo necesito recordar esta declaración cuando estoy desanimado!
Algunos días serán tenebrosos
«Estas cosas os he hablado –dijo Jesús– para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). En las palabras de Pablo, «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución» (2 Tim. 3:12).

Pero la muerte es el desafío último –aun para el creyente– en especial cuando resulta del cáncer, a pesar de haber llevado una vida saludable. Sin embargo, es reconfortante saber que Jesús también sufrió. Por lo tanto, podemos rendirle nuestra vida y nuestros problemas. Él promete llevar todas nuestras cargas.


La buena nueva es que la muerte no es la respuesta final. Los justos muertos volverán a vivir. «El Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo. Entonces, los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras» (1 Tes. 4:16-18). 
Sí, llegará el día cuando los muertos oirán su voz y saldrán de sus sepulcros a la vida eterna (Juan 5:28, 29).


Deberíamos compartir las buenas nuevas con otros hasta el día en que Dios nos lleve al hogar. Jesús murió para que no tengamos que pasar por la segunda muerte.

Cuando seamos tentados
Si alguna vez sentimos la tentación de dudar del amor de Dios, necesitamos recordar que en el Gólgota, sintiéndose abandonado mientras lo envolvía el peso del pecado que lo separaba de su Padre, Jesús miró a la muerte de frente. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?», exclamó (Mar. 15:34).

En su agonía, Jesús ni siquiera podía dirigirse a Dios como «Padre». Pero Dios el Padre entristecido de contemplar a su Hijo desnudo y humillado, cubrió el Gólgota de oscuridad. «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros seamos justicia de Dios en él» (2 Cor. 5:21). «Mas él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo, y por sus llagas fuimos nosotros curados» (Isa. 53:5).


El cielo quedó en silencio al contemplar la lucha del Comandante que se sentía abandonado, por salvar el planeta rebelde. Él pisó solo el lagar (Isa. 63:3).
Viene el gran día
El momento más anticipado de la historia humana pronto será realidad. Jesús regresará. En ese día, la muerte perderá su poder. Los amados se unirán, para jamás separarse. ¡Con qué ansias aguardamos la mañana de la resurrección! En ese día maravilloso nuestra naturaleza será transformada. Los justos muertos se levantarán, incorruptibles e inmortales (1 Cor. 15:51-54; 1 Tes. 4:15).

El mal terminará; este mundo como lo conocemos será restaurado a las condiciones originales: todo trazo de pecado y muerte será borrado; Dios habitará con nosotros y enjugará las lágrimas de nuestros ojos. Pensemos en ello: no más muerte, ni llanto, ni clamor ni dolor (Apoc. 21:4) y por las edades interminables, los seres humanos disfrutaremos de una comunión bienaventurada con Dios y con los demás en perfecta armonía. Por lo tanto, no nos sintamos atribulados cuando sufrimos pérdidas (Juan 14:3). En comparación con la eternidad, solo nos queda poco tiempo para contemplar los estragos de la muerte.


Los ancianos mueren; también los jóvenes. Los pobres mueren; también los ricos. Los no cristianos mueren; los cristianos también. Los ignorantes mueren; también los instruidos. En cada caso, sin embargo, la muerte es dolorosa, ya sea anticipada o repentina. Anhelo esa tierra hermosa donde no exista el cáncer, los accidentes, las despedidas, el dolor y la muerte. Detesto la muerte, pero perder a alguien siempre me recuerda que viene el gran día. Y cada muerte me acerca a esa realidad.


*Nathan Brown, «Crashing Alone», Adventist Review, 9 de junio de 2005, p. 31.

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