
El pequeño gesto de un niño le enseñó una gran lección a su abuela
Patricia A. Gross
Abuela, ¿quieres ver una roca muy linda?»
Bryce, de seis años, sacó la mano de detrás de su espalda con un movimiento elegante. Se abrieron entonces cinco deditos llenos de arena, que me permitieron ver una roca cualquiera, sin ninguna característica
que la hiciera relevante.
Como abuela no podía arruinar ese momento y, como todo lo que hace un nieto es relevante de por sí, admiré de buena gana su hallazgo. Pero lo que dijo a continuación me hizo reír: «Puedes comprarla si lo deseas», me dijo con total sinceridad, mientras dudaba si vendérmela por tan solo veinticinco centavos.
Es así que pagué veinticinco centavos por una roca similar a otras miles que podría haber recogido sin costo alguno allí a la orilla del lago. Siete años después, aún reposa en uno de mis cajones. No solo eso, sino que tiene tres «amigas», que también adquirí por veinticinco centavos cada una. Siempre he sospechado que la segunda, tercera y cuarta pueden haber tenido motivaciones no tan sinceras.
¿Fui estafada? No lo creo. Para Bryce esas rocas eran hallazgos fascinantes, y cada una de ellas era especial. No es de asombrar que estuviera feliz de ganar un dólar como resultado de sus excavaciones, pero él estaba seguro de haberse ganado el dinero en buena ley. Y así era. Aunque no por las rocas.
Como abuela no podía arruinar ese momento y, como todo lo que hace un nieto es relevante de por sí, admiré de buena gana su hallazgo. Pero lo que dijo a continuación me hizo reír: «Puedes comprarla si lo deseas», me dijo con total sinceridad, mientras dudaba si vendérmela por tan solo veinticinco centavos.
Es así que pagué veinticinco centavos por una roca similar a otras miles que podría haber recogido sin costo alguno allí a la orilla del lago. Siete años después, aún reposa en uno de mis cajones. No solo eso, sino que tiene tres «amigas», que también adquirí por veinticinco centavos cada una. Siempre he sospechado que la segunda, tercera y cuarta pueden haber tenido motivaciones no tan sinceras.
¿Fui estafada? No lo creo. Para Bryce esas rocas eran hallazgos fascinantes, y cada una de ellas era especial. No es de asombrar que estuviera feliz de ganar un dólar como resultado de sus excavaciones, pero él estaba seguro de haberse ganado el dinero en buena ley. Y así era. Aunque no por las rocas.
Hay otra roca que, expectante,
espero recibir uno de estos dias.
Será un secreto
Hay otra roca que, expectante, espero recibir uno de estos días. He leído sobre ella durante años, y el pensar en ella ha iluminado mis momentos más oscuros. No será grande; será incluso más pequeña que la roca gris de Bryce. Entrará en la palma de mi mano, y podré llevarla en mi bolsillo. Pero no se la mostraré a nadie. No tendré necesidad de hacerlo, puesto que nadie la podrá entender. En ella estará mi nuevo nombre que la gente utilizará sin comprenderlo. Solo Jesús conocerá su significado.
En Apocalipsis 2:17 encuentro lo siguiente: «Al que salga vencedor le daré del maná escondido, y le daré también una piedrecita blanca en la que está escrito un nombre nuevo que sólo conoce el que lo recibe».*
Cuando leí por primera vez este mensaje, me quedé atónita. ¿El maná escondido? ¿El pan de vida? ¿La Palabra de Dios? Inmediatamente, mi mente recordó a Moisés e Israel en el desierto y a ese poder milagroso y sustentador del maná. Entonces recordé a Jesús en las verdes colinas de Galilea. Canastos de pan fresco, abundantes peces, y un mar de rostros sorprendidos que pensaban: ¡Oh, qué gran rey sería para Israel! Y sonreían, mientras se frotaban las manos anticipando el momento.
Al reconocer el peligro escondido de su misión, Jesús explicó que no tenían que esperar un rey que alimentara sus ejércitos con pan físico. «Yo soy el pan vivo que bajó del cielo –dijo–. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre. Este pan es mi carne, que daré para que el mundo viva» (Juan 6:51).
Es así que dos mil años después, leo este texto del Apocalipsis que me promete el maná escondido si alcanzo la victoria. El maná es el mismo Jesús, que es en mi corazón el pan vivo que me alimenta, transforma mi alma y me hace vencedora.
¡Qué concepto maravilloso! Pero hay todavía más.
El pasaje del Apocalipsis dice: «Le daré una piedrecita blanca».
¡Oh, allí está! Jesús, con sus manos marcadas por los clavos, me la entrega. No la puedo morder; no la puedo quebrar. Solo puedo extender mi mano y aceptarla. No puedo comprarla con veinticinco centavos, ni con millones. Nada de lo que tengo es suficiente para adquirirla.
Es un don personal de Jesús para mí. Al mirarla, veo toda clase de cosas. Sobre todo, veo el corazón mismo de Jesús.
En Apocalipsis 2:17 encuentro lo siguiente: «Al que salga vencedor le daré del maná escondido, y le daré también una piedrecita blanca en la que está escrito un nombre nuevo que sólo conoce el que lo recibe».*
Cuando leí por primera vez este mensaje, me quedé atónita. ¿El maná escondido? ¿El pan de vida? ¿La Palabra de Dios? Inmediatamente, mi mente recordó a Moisés e Israel en el desierto y a ese poder milagroso y sustentador del maná. Entonces recordé a Jesús en las verdes colinas de Galilea. Canastos de pan fresco, abundantes peces, y un mar de rostros sorprendidos que pensaban: ¡Oh, qué gran rey sería para Israel! Y sonreían, mientras se frotaban las manos anticipando el momento.
Al reconocer el peligro escondido de su misión, Jesús explicó que no tenían que esperar un rey que alimentara sus ejércitos con pan físico. «Yo soy el pan vivo que bajó del cielo –dijo–. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre. Este pan es mi carne, que daré para que el mundo viva» (Juan 6:51).
Es así que dos mil años después, leo este texto del Apocalipsis que me promete el maná escondido si alcanzo la victoria. El maná es el mismo Jesús, que es en mi corazón el pan vivo que me alimenta, transforma mi alma y me hace vencedora.
¡Qué concepto maravilloso! Pero hay todavía más.
El pasaje del Apocalipsis dice: «Le daré una piedrecita blanca».
¡Oh, allí está! Jesús, con sus manos marcadas por los clavos, me la entrega. No la puedo morder; no la puedo quebrar. Solo puedo extender mi mano y aceptarla. No puedo comprarla con veinticinco centavos, ni con millones. Nada de lo que tengo es suficiente para adquirirla.
Es un don personal de Jesús para mí. Al mirarla, veo toda clase de cosas. Sobre todo, veo el corazón mismo de Jesús.
Dos lágrimas
From Desde la primera vez que leí este maravilloso pasaje (cuando realmente lo leí), entendí que la piedrecita blanca significaba que ya no era culpable. La vi como una piedra límpida, pura e inmaculada, que me anuncia que he alcanzado la perfección en Jesús, libre para siempre del pecado y la tentación.
Miro de cerca esta piedra, y me dice aún más. Es la verdad más maravillosa de todas. Porque en esa piedra está escrito un nuevo nombre, cuyo significado solo Jesús y yo conocemos. Él me hace un guiño de aprobación, pero en ese guiño hay una lágrima que encaja perfectamente con la lágrima de mi ojo. Solo nosotros dos sabemos el secreto.
¡Cuántas veces hemos anhelado, durante los momentos difíciles aquí en la tierra (esos momentos de dolor, duelo, desánimo, desilusión y desesperación) que alguien nos atienda, nos escuche, nos comprenda y nos aconseje! Ahora queda claro que hay Alguien que jamás ha dejado de hacerlo.
Se cuenta la historia de un joven indígena que estaba en el umbral de la adultez. En su tribu, el ritual requería que pasara una noche solo en el bosque, con los ojos vendados. El padre del joven lo llevó entonces cierta noche para que pasara la prueba. Mientras la oscuridad espesa los envolvía y los animales comenzaban a lanzar sus sonidos característicos, el padre sentó al joven en el tronco de un viejo árbol, le vendó los ojos como correspondía, y se despidió.
Durante esa noche larga y terrible, el joven se mantuvo alerta y nervioso. Podía oír los suaves crujidos de las criaturas que iban de un lado a otro no muy lejos de él, y hasta el gruñido de las fieras. Luchó con todas sus fuerzas para no arrancarse la venda de los ojos y regresar corriendo a la aldea. Pero siguió allí en el mismo lugar, hasta que percibió los primeros débiles rayos de la mañana. Con alivio, se quitó la venda y, para su sorpresa, vio que su padre estaba sentado no muy lejos de él. Su padre había pasado toda esa terrible noche a su lado.
Tenemos la seguridad de que Dios jamás nos dejará. Y un día nuestra certeza será completa, cuando leamos nuestro nombre escrito en la piedrecita blanca.
Miro de cerca esta piedra, y me dice aún más. Es la verdad más maravillosa de todas. Porque en esa piedra está escrito un nuevo nombre, cuyo significado solo Jesús y yo conocemos. Él me hace un guiño de aprobación, pero en ese guiño hay una lágrima que encaja perfectamente con la lágrima de mi ojo. Solo nosotros dos sabemos el secreto.
¡Cuántas veces hemos anhelado, durante los momentos difíciles aquí en la tierra (esos momentos de dolor, duelo, desánimo, desilusión y desesperación) que alguien nos atienda, nos escuche, nos comprenda y nos aconseje! Ahora queda claro que hay Alguien que jamás ha dejado de hacerlo.
Se cuenta la historia de un joven indígena que estaba en el umbral de la adultez. En su tribu, el ritual requería que pasara una noche solo en el bosque, con los ojos vendados. El padre del joven lo llevó entonces cierta noche para que pasara la prueba. Mientras la oscuridad espesa los envolvía y los animales comenzaban a lanzar sus sonidos característicos, el padre sentó al joven en el tronco de un viejo árbol, le vendó los ojos como correspondía, y se despidió.
Durante esa noche larga y terrible, el joven se mantuvo alerta y nervioso. Podía oír los suaves crujidos de las criaturas que iban de un lado a otro no muy lejos de él, y hasta el gruñido de las fieras. Luchó con todas sus fuerzas para no arrancarse la venda de los ojos y regresar corriendo a la aldea. Pero siguió allí en el mismo lugar, hasta que percibió los primeros débiles rayos de la mañana. Con alivio, se quitó la venda y, para su sorpresa, vio que su padre estaba sentado no muy lejos de él. Su padre había pasado toda esa terrible noche a su lado.
Tenemos la seguridad de que Dios jamás nos dejará. Y un día nuestra certeza será completa, cuando leamos nuestro nombre escrito en la piedrecita blanca.
Patricia A. Gross – esposa, madre, abuela y bisabuela, enseñó muchos años historia e inglés en escuelas secundarias de California, Estados Unidos.
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