
Armon Perez Tolentino
He experimentado muchas noches de desaliento en las que me sentía un Job moderno. Desde que me bauticé los eventos parecen estar quitándome un futuro promisorio. Al igual que Job, me lleva a preguntar: ¿Cuándo terminará esta prueba?
Aun si procuro ser optimista, no puedo olvidar cómo perdí los máximos honores por los que luché en la escuela primaria; cómo comencé bien la secundaria solo para terminar mis exámenes en un hospital, obteniendo el que fuera quizá el promedio más bajo en la clase de pilotaje y perdiendo mi soñada beca; o cómo mis sueños de un brillante futuro universitario se arruinaron debido a una catástrofe financiera y a desalentadores problemas familiares que pusieron a prueba mi valor. Si bien parecía estar calmo, por dentro estaba destruido: todos esperaban que obtuviera los máximos honores, pero fui el único oficial de la clase que me gradué sin honores.
Luego caí en la cuenta de que no podía estudiar medicina porque a pesar de mi esfuerzo, no alcancé el puntaje mínimo para obtener la beca, acosado por síntomas psicosomáticos y una mente atribulada por mi situación familiar. En cada empleo que tuve, los demás vieron en mí un gran potencial, pero siempre terminé mal. Procuré volver a estudiar. Conseguí una beca para estudiar abogacía, pero antes de disfrutarla me la sacaron por ser adventista. Fui aceptado entonces en otra institución, pero tenía clases los sábados. Por más que lo intenté, hallé una y otra vez que en mi país, las escuelas de leyes sin clases en sábado son sumamente costosas, mucho más allá de mis posibilidades financieras. Con mis sueños cada vez más lejanos, le pregunté a Dios: “¿Cuál es mi camino?”. Lo que le quería decir era: “¿En qué camino me has metido?” Pero mi corazón pareció escuchar que la voz de Dios me decía: “¿Qué debes tener en cuenta?”
Y aprendí cuatro cosas que tenía que tomar en cuenta:
Si verdaderamente creemos en Dios,
deberíamos entender que él está en control.
Entonces podemos seguir viviendo en paz.
Nuestro problema es que somos desagradecidos.
Cuando nos permitimos apreciar las bendiciones más pequeñas, veremos cómo las seguimos recibiendo, creando así una visión más plena de la maravillosa providencia divina. Pero cuando elegimos ver las cosas negativas, moriremos sin esperanza, cercados por las penumbras que nosotros mismos hemos escogido.
Me acuerdo de Ronalyn, una niñita de siete años que conocí en un programa de extensión comunitaria de mi universidad. La vi comer un puñado de arroz del tamaño de su puño, y aun así, compartirlo con su hermano. Asistía a una escuela pública con un uniforme que le quedaba demasiado grande (seguramente se lo habían regalado), pero se sentía feliz porque estaba asistiendo a la escuela. Le pedí que orara y, a pesar de su situación, dijo claramente: “Gracias, Señor. Jamás nos has abandonado”.
Mi tarea era enseñarle, pero en cambio, yo aprendí de ella. Eligió ser agradecida aun por lo poco que tenía. Su gozo sincero y profunda calma resultaron contagiosos.
Las personas solo pueden sufrir la presión que se autoimponen, dado que no importa lo que suceda, cada ser humano puede tomar la decisión de mostrar contentamiento.
Si bien mis amigos realizaron carreras exitosas mientras yo aún espero una oportunidad, no puedo pasar por alto cuántas bendiciones he recibido. En primer lugar, estoy vivo y puedo soñar.
El problema es nuestra falta de contentamiento.
Esto nos impide realizar la tarea que tenemos para hoy, olvidando así que esa es la preparación para los días que vendrán. Mientras contemplamos demasiado el futuro promisorio, ignoramos la grandeza del presente. El secreto es aprender a aceptar lo que nos toque.
Vivimos en una sociedad instantánea. Disfrutamos de las comidas rápidas, de la acción y de todo lo que tenga control remoto. Queremos que todo se produzca velozmente; de lo contrario, nos invade la desilusión y la queja. ¿No hemos aprendido lo que le sucedió a Abraham cuando se adelantó a Dios, en su apuro por llegar a ser padre de muchas naciones?
Nuestro problema es la falta de paciencia.
Cierta vez escribí un artículo sobre una mujer que estaba cansada de atender constantemente a su hija enferma. Estaba enojada con Dios, hasta que se dio cuenta de que “aunque la noche sea lóbrega, llega la hora del alba; y después de las lluvias torrenciales […] siempre comienzan a crecer las flores”.
¿Por qué hundirnos en la ciénaga, preocupándonos por nuestra posición, según alguna escala terrenal? Si verdaderamente creemos en Dios, deberíamos entender que él está en control. Entonces podemos seguir viviendo en paz.
Nuestro problema es que nos falta fe en la providencia divina.
Muchos relatos bíblicos nos muestran el cuidado de Dios. José llegó a ser gobernante; los israelitas fueron librados; los malos se hicieron buenos; los débiles, fuertes. Tenemos también el fenómeno de las profecías cuyo cumplimiento no pudo ser detenido por los humanos. ¿Qué más necesitamos en vista de semejantes evidencias de la omnipotencia divina?
Solo precisamos someternos a su voluntad y avanzar hacia donde él nos guíe, en sus tiempos y con sus métodos. Es así como alcancé la victoria sobre las pruebas de la vida.
Remansos de gozo
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